(6 de agosto de 2008)
Hace sólo unos días que el pequeño Francisco le pidió a su madre un favor especial: hablar con los medios de prensa para interceder por la paz y el cese de la violencia en Ciudad Juárez.
La petición hizo inagotable las lágrimas en sus ojos, y es que su padre, Ricardo Mondragón, fue asesinado la noche del pasado martes 29 de julio, en la colonia Melchor Ocampo de la vecina localidad.
Ayer en la tarde, su sueño pudo materializarse, y aunque a penas pudo articular palabras coherentes, el hombrecito adolorido hizo otra petición: ¿Me deja escribir lo que siento?... y volvió a irrumpir el manantial en las cuencas de sus ojos.
“Al que mató a mi Daddy, quiero que conozca mi historia, el daño que me ha hecho, pero quiero que también sepa que lo perdono, porque Dios nos enseña a perdonar”.
Sorprende la profundidad de sus palabras, Francisco es un niño de 13 años y cursa el grado ocho, en una escuela de la zona Este de El Paso.
Lo agudo de su dolor lo esculpió en el papel como quien desplaza la rabia y el desconsuelo, la tristeza y el enojo.
“¿Por qué hizo esto?... ¿Por qué matar a una persona inocente?... Es algo estúpido… ¿Es justo hacer eso?”, precisó.
Según narra la familia, Mondragón “vino a vivir a El Paso desde muy pequeño, su vida trascurrió entre esta ciudad y la de Los Ángeles, no tenia amigos cercanos en Ciudad Juárez”.
Explicaron que el hecho de sangre ocurrió, “a las tres semanas de ser deportado al estado de Chihuahua, porque no había claridad en sus documentos de identificación, algo que se estaba comprobando para que regresara”.
También comentaron que habían tenido que ayudarlo a pagar la renta del lugar donde se estaba quedando, y que “su aspiración era trabajar y trabajar para ayudar a la familia, reunirse con ella y vivir en tranquilidad”.
Así mismo, la madre de Francisco expresó que “el padre del niño vivía de hacer labores domésticas, de la construcción, de reparar techos. Su muerte sorprendió a todos en la familia, el era una persona muy estricta, de mucha disciplina”.
En este sentido el infante afirmó: “Mi Daddy era recto en sus enseñanzas, me decía que no me metiera en problemas, que los evitara, que obedeciera y cuidara a mi mami y que nunca dejara la escuela”.
La pareja ya no convivía junta desde el punto de vista legal, pero le infundieron a Francisco los valores del respeto y la lealtad.
“La última vez que vino, llegó sin avisar, como casi siempre lo hacia; tocaba a la puerta y se reía con mucha alegría. Eso me hacia feliz y ya no lo voy a tener”, sentenció compungido, el paseño.
“¿Es justo hacer eso?”, reiteró, en medio de su quebranto, “¿Piensa que gana respeto?... ¿Se siente bien cuando lo hace?... ¿No teme por su familia, que a ellos les puede pasar lo mismo?”.
“Yo sé que las autoridades le tienen miedo a quienes hacen estas cosas, por eso las muertes continúan”, dijo, “pero tienen que buscar una solución justa”.
En el próximo mes de diciembre, Ricardo Mondragón cumpliría 38 años, una fecha que su hijo anhelaba para compartir en abundancia de satisfacciones.
La inquietud en los ojos de Francisco se mezcló repetidas veces con lágrimas y recuerdos truncos, en espera de un partido de béisbol que jugarían juntos padre e hijo, para estrechar ese amor que hoy se acrecienta a pesar del dolor y el adiós repentino.
“Por favor, yo solo quiero, y le pido a Dios, que esta situación termine, que no se sigan dañando a abuelitas, a tías e hijos inocentes con muertes injustas como la de mi Daddy”, concluyó.
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