domingo, 22 de marzo de 2009

Que viva Shakespeare...

(14 de febrero de 2009)

La célebre y popular frase “el amor no tiene fronteras” ha trascendido a través del tiempo y de la historia. En cualquier rincón del mundo consigue revitalizar su validez.
Lo cierto es que, cuando Cupido logra flechar a dos corazones, se tejen historias dignas de ser narradas hasta por la pluma espléndida y pasional del mismo Shakespeare.
La modernidad, por suerte, concede finales esperanzadores para Romeo y Julieta, personajes con los cuales germinó el amor como una necesidad substancial del ser humano.
Desde que se conocieron Yolanda Hernández y Antonio García, se aferraron al más sublime de los sentimientos, convencidos de que “el amor, nunca deja de ser...”
Ayer 14 de febrero, los jóvenes de 19 años decidieron formalizar su unión consumada hace dos años atrás.
El Puente Internacional Zaragoza, sirvió de templo y registro civil. Hasta la línea divisoria entre Ciudad Juárez y El Paso se trasladó un juez de distrito Mike Herrera, familiares, amigos y testigos de los contrayentes.
Ella dijo haber deseado “una boda normal, de salón, como todo el mundo, pero no fue posible”.
El, que sentía mucha emoción, “se cumple un sueño pensado, no de la manera que esperábamos, pero se cumple”.
Y agregó: “Ahora comenzamos una nueva vida”.
Los novios manifestaron el anhelo de ver crecer a sus hijos, “en una ciudad donde la seguridad es garantía de vida”.
De esta manera, dieron los primeros pasos para reunificar su hogar, dividido por la actual legislación migratoria.
Se conocieron cuando estudiaban en la Bowie High School, la oposición familiar sirvió de impulso para que García raptara a su amada haciéndola su mujer. De la alianza nacieron sus gemelos, vástagos que en estos momentos tienen un año y seis meses.
El estatus “legal” del esposo lo llevó a prisión, sitio donde enfermó y casi pierde la vida. Luego de dos meses se acogió a una repatriación voluntaria y regresó a la vecina ciudad, en el lado mexicano. Así fue como Yolanda y sus “cuates” quedaron en territorio estadounidense, de donde son ciudadanos.
Indagatorias, gestiones legales, momentos de zozobra y desesperación, matizaron el entorno hogareño. Aunque según narran, siempre tuvieron la fe de encontrar una solución reglamentaria y justa.
Por estos motivos, y siguiendo las recomendaciones de un facultativo, contrajeron nupcias en tal atípico escenario.
La pasión entre los hijos de las familias Montesco y Capuleto, trascendieron para siempre rebasando estereotipos e impedimentos propios del siglo XIV.
Yolanda Hernández y Antonio García, en pleno siglo XXI, se yerguen con la suprema pretensión de criar juntos a sus renuevos, no en un hogar de nobles, pero si en el regazo sublime de la dignidad y el amor.
Ahora les queda otro proceso difícil, una espera que puede durar meses, e incluso años, sin embargo esto no les amilana, se aferran con todas sus fuerzas a sus pequeños y a una esperanza.

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