(17 de mayo de 2008)
Lorenzo Sias está enfermo, no tiene miedo decirlo, como tampoco teme contar su historia. Revivirla es volver a los tragos amargos y punzantes de la vida. Y al hacerlo confía en que puede evitar que otros sean victimas de la inexperiencia y el desamor.
Cuando ve su rostro en el espejo conversa con uno de los más grandes sufrimientos humanos: el llamado flagelo del SIDA. Con frecuencia se pregunta ¿cómo volver a los años de la inocencia?, sin embargo, su voz inspira paz, esa que generan la madurez y el paso del tiempo.
Sias fue una de las más de 200 personas que participaron en la vigilia realizada el viernes en la ciudad, durante las celebraciones por el Día Internacional contra la Homofonía… Junto a él estuvieron moradores de El Paso, Ciudad Juárez y Nuevo México.
Nació en El Paso hace 43 años. Fue un niño inocente y alegre, como la mayoría de los pequeños. Se describe “espontáneo, apasionado y dependiente de sus papás”, como quien buscaba apoyo y una migaja de cariño.
Las lágrimas se asoman a sus ojos al recordar las veces que fue por un abrazo y recibió un reproche. Cuando quiso un beso y recibió un golpe.
“Mi padre era adicto al alcohol, un típico machista, me trataba mal, siempre hacía que me sintiera diferente, porque en realidad era diferente, solo que yo en mi inocencia no lo sabía”, comentó.
También exteriorizó que “cuando comencé en la escuela los otros niños me trataban mal y se burlaban de mí, y fui asimilando que era apartado pero desconocía realmente los motivos”.
A pesar de los contratiempos, Lorenzo olvidaba con facilidad, se ilusionaba en sus juegos y los quehaceres de la escuela. Buscaba de manera incesante las caricias de su madre, quien compensaba con creces sus expectativas.
A los diez años de edad, sufrió un trauma inesperado. “Mi tío me violó”, dijo. Y al confesarlo, un silencio profundo y espeluznante invadió el lugar, su cuerpo y su mirada.
Así fue como vio estrecharse el camino. El mundo se redujo a un dolor profundo e infinito. Una especie de peso insostenible para un ser humano de su edad. Todo se tornó más rudo, cambiaron los colores y las ilusiones. El sol pasó de amarillo a negro, de blanco a rojo-muerte.
Caminar por la calles delataba su abatimiento y el sentido de culpa se hizo presa de su corazón con la conciencia del más docto de los vivientes.
Dice que comenzó “a vivir temeroso de todos”, una mezcla de pavor le sorprendía detrás de cada juego infantil, y sus sueños, se volvieron pesadillas.
Guardó el suceso bajo amenazas y dudas, para protegerse de nuevas “palizas”, lo escondió hasta de sí mismo. “Para que hablar de una historia que no me iban a creer, de la que tal vez para otros era el responsable”.
“A esa edad comencé a probar el alcohol como mi padre, y luego me refugié en las drogas, claro, en mi casa nadie lo sabía”, susurró consternado.
Pasaron los años entre los ya “habituales” embates familiares, del colegio y la comunidad. Cada vez más se resguardó en el silencio y la desconfianza hasta de su propia sombra. Siempre buscaba alegrarse los días y olvidar lo inolvidable.
“Un día viajé a California con uno de mis pocos amigos, fuimos a conocer y distraernos un poco. Ya tenía 22. Allí, sucedió otra cosa inesperada, conocí a un tipo mucho más grande que yo”, narró el paseño.
Aquella fue la primera vez que sus sentimientos se inclinaron hacia “alguien”.
“Fue fatal”, dijo, “fue mi segunda ‘experiencia humillante’. El tipo también me violó”.
Comentó que volvió a sentirse “desamparado, solo, frustrado” y víctima de un triple golpe: “físico, moral y espiritual”.
De vuelta a El Paso, sintió su “carga” más pesada. Algo interior le inquietaba, algo que iba mucho más allá de sus expectativas y sus fuerzas.
“En 1986 me hice la prueba médica para detectar el VIH-SIDA. A los seis meses me dieron el resultado”, confesó.
“Me lo dijeron muy feo… me dijeron: ¡Tú, te lo mereces, te vas a morir de SIDA!”, apuntó mientras regresaba el fantasmal silencio.
Así experimentó otro “golpe”. Lorenzo pasó de la soledad a la desolación.
“No sabía con quien hablar. En mi desesperación se lo conté a un amigo y éste se encargó de contárselo a todos. A donde quiera que iba, se burlaban de mí, sabían que era portador del SIDA”, reveló.
A partir de ese momento fue mayor su dependencia del alcohol y las drogas. Estuvo desorientado, sin dinero y sin un sitio donde recibir orientación y ayuda.
En ese sentido dijo: “Por esos días trabajaba de noche, y leyendo en la prensa supe de un lugar donde me podían auxiliar. Fui y me registré”.
Según Sias, tomaba hasta 40 medicamentos diarios. Sufrió de “ronchas en el cuerpo, de diarreas constantes y muchos dolores de cabeza”.
Para 1999, le dijeron que las defensas de su organismo habían bajado considerablemente. “Se trataba de los llamados CD4, linfocitos que defienden el sistema inmune”, precisó.
Explicó: “Me indicaron Ziagen, unas pastillas modernas. Me puse peor, muy muy flaco, débil y me mareaba mucho”.
Ziagen es un medicamento anti-VIH. Evita que el VIH altere el material genético de las células T sanas. Esto impide que las células produzcan nuevos virus, disminuyendo así la cantidad de germen en el cuerpo.
El apoyo de su madre fue vital.
“Un día que ella me estaba cuidando, me dio un frío insoportable, todo indicaba el final; le dije, ‘mamá no la voy a hacer’ y comenzamos a llorar. Entonces ella me dijo: No m’ijo, si la vas a hacer”, comentó con lágrimas en los ojos.
Exteriorizó que nunca perdió la fe. Todos los días buscaba la protección de Dios. ¿Delirio o realidad?
“Todos los días rezaba mi rosario, una vez le dije a Dios ‘estoy dispuesto a morir por todo el mundo, como lo hizo tu hijo Jesús, para que desaparezca esta enfermedad”, comentó conmovido.
Y agregó: “Comencé a oler a rosas, yo siempre había criticado a los que me decían que habían visto a la Virgen de Guadalupe. ¡Yo ese día la vi!... Mis padres se sorprendieron con eso”.
En la siguiente cita con el médico le dijeron que estaba mejorando.
“Dios me dio la oportunidad de vivir”, dijo, “y yo se lo quise agradecer”.
Fue entonces que comenzó a trabajar como voluntario en Internacional AISD Empowerment, narrando sus vivencias personales y ayudando a adolescentes, jóvenes, y padres.
Informó que la entidad tiene registradas a cerca de mil 700 personas infectadas en la ciudad de El Paso. La mayor cantidad jóvenes de entre 15 y 24 años de edad. También que la cifra de mujeres afectadas se ha incrementado considerablemente.
Sias reflexiona que cifra similar de portadores del VIH existen en las calles de la ciudad sin aun ser diagnosticados. Que es importante realizar labores de prevención, en centros escolares y en las comunidades. Y que la comunidad se haga los análisis establecidos para detectar el virus.
“El conocer, nos hace libre para decidir”, acotó, “Por eso es que mi vida a cambiado mucho, mi pasión ahora es ayudar a los demás, ese fue mi compromiso con Dios, es importante que las familias sepan como manejar ‘situaciones’ embarazosas con sus hijos”.
En sus labores de conserjería ha trabajado con personas portadoras y enfermas con el SIDA que “en venganza, infectan a personas sanas”.
Con ellas ha hecho una fuerte labor de concientización para que “rectifiquen su modo de actuar” y reconozcan que “deben ser responsables de sus acciones ante la sociedad y ante Dios”.
Hoy, Lorenzo Sias toma solo cuatro tipos de medicamentos, (siete pastillas al día) ha tenido que cambiar su sistema de alimentación, puede hacer ejercicios físicos, se dedica ala meditación y da conferencias para personas enfermas y sanas, no solo en El Paso, también a nivel estatal y nacional.
Sabe que un día, tendrá que morir, pero “esa es una ley natural”. Se cuida para que el tiempo le alcance en servir a sus congéneres y alertarles de que cualquier persona puede padecer esta enfermedad porque como bien dijo: “el SIDA, no tiene rostro”.
Cuando ve su rostro en el espejo conversa con uno de los más grandes sufrimientos humanos: el llamado flagelo del SIDA. Con frecuencia se pregunta ¿cómo volver a los años de la inocencia?, sin embargo, su voz inspira paz, esa que generan la madurez y el paso del tiempo.
Sias fue una de las más de 200 personas que participaron en la vigilia realizada el viernes en la ciudad, durante las celebraciones por el Día Internacional contra la Homofonía… Junto a él estuvieron moradores de El Paso, Ciudad Juárez y Nuevo México.
Nació en El Paso hace 43 años. Fue un niño inocente y alegre, como la mayoría de los pequeños. Se describe “espontáneo, apasionado y dependiente de sus papás”, como quien buscaba apoyo y una migaja de cariño.
Las lágrimas se asoman a sus ojos al recordar las veces que fue por un abrazo y recibió un reproche. Cuando quiso un beso y recibió un golpe.
“Mi padre era adicto al alcohol, un típico machista, me trataba mal, siempre hacía que me sintiera diferente, porque en realidad era diferente, solo que yo en mi inocencia no lo sabía”, comentó.
También exteriorizó que “cuando comencé en la escuela los otros niños me trataban mal y se burlaban de mí, y fui asimilando que era apartado pero desconocía realmente los motivos”.
A pesar de los contratiempos, Lorenzo olvidaba con facilidad, se ilusionaba en sus juegos y los quehaceres de la escuela. Buscaba de manera incesante las caricias de su madre, quien compensaba con creces sus expectativas.
A los diez años de edad, sufrió un trauma inesperado. “Mi tío me violó”, dijo. Y al confesarlo, un silencio profundo y espeluznante invadió el lugar, su cuerpo y su mirada.
Así fue como vio estrecharse el camino. El mundo se redujo a un dolor profundo e infinito. Una especie de peso insostenible para un ser humano de su edad. Todo se tornó más rudo, cambiaron los colores y las ilusiones. El sol pasó de amarillo a negro, de blanco a rojo-muerte.
Caminar por la calles delataba su abatimiento y el sentido de culpa se hizo presa de su corazón con la conciencia del más docto de los vivientes.
Dice que comenzó “a vivir temeroso de todos”, una mezcla de pavor le sorprendía detrás de cada juego infantil, y sus sueños, se volvieron pesadillas.
Guardó el suceso bajo amenazas y dudas, para protegerse de nuevas “palizas”, lo escondió hasta de sí mismo. “Para que hablar de una historia que no me iban a creer, de la que tal vez para otros era el responsable”.
“A esa edad comencé a probar el alcohol como mi padre, y luego me refugié en las drogas, claro, en mi casa nadie lo sabía”, susurró consternado.
Pasaron los años entre los ya “habituales” embates familiares, del colegio y la comunidad. Cada vez más se resguardó en el silencio y la desconfianza hasta de su propia sombra. Siempre buscaba alegrarse los días y olvidar lo inolvidable.
“Un día viajé a California con uno de mis pocos amigos, fuimos a conocer y distraernos un poco. Ya tenía 22. Allí, sucedió otra cosa inesperada, conocí a un tipo mucho más grande que yo”, narró el paseño.
Aquella fue la primera vez que sus sentimientos se inclinaron hacia “alguien”.
“Fue fatal”, dijo, “fue mi segunda ‘experiencia humillante’. El tipo también me violó”.
Comentó que volvió a sentirse “desamparado, solo, frustrado” y víctima de un triple golpe: “físico, moral y espiritual”.
De vuelta a El Paso, sintió su “carga” más pesada. Algo interior le inquietaba, algo que iba mucho más allá de sus expectativas y sus fuerzas.
“En 1986 me hice la prueba médica para detectar el VIH-SIDA. A los seis meses me dieron el resultado”, confesó.
“Me lo dijeron muy feo… me dijeron: ¡Tú, te lo mereces, te vas a morir de SIDA!”, apuntó mientras regresaba el fantasmal silencio.
Así experimentó otro “golpe”. Lorenzo pasó de la soledad a la desolación.
“No sabía con quien hablar. En mi desesperación se lo conté a un amigo y éste se encargó de contárselo a todos. A donde quiera que iba, se burlaban de mí, sabían que era portador del SIDA”, reveló.
A partir de ese momento fue mayor su dependencia del alcohol y las drogas. Estuvo desorientado, sin dinero y sin un sitio donde recibir orientación y ayuda.
En ese sentido dijo: “Por esos días trabajaba de noche, y leyendo en la prensa supe de un lugar donde me podían auxiliar. Fui y me registré”.
Según Sias, tomaba hasta 40 medicamentos diarios. Sufrió de “ronchas en el cuerpo, de diarreas constantes y muchos dolores de cabeza”.
Para 1999, le dijeron que las defensas de su organismo habían bajado considerablemente. “Se trataba de los llamados CD4, linfocitos que defienden el sistema inmune”, precisó.
Explicó: “Me indicaron Ziagen, unas pastillas modernas. Me puse peor, muy muy flaco, débil y me mareaba mucho”.
Ziagen es un medicamento anti-VIH. Evita que el VIH altere el material genético de las células T sanas. Esto impide que las células produzcan nuevos virus, disminuyendo así la cantidad de germen en el cuerpo.
El apoyo de su madre fue vital.
“Un día que ella me estaba cuidando, me dio un frío insoportable, todo indicaba el final; le dije, ‘mamá no la voy a hacer’ y comenzamos a llorar. Entonces ella me dijo: No m’ijo, si la vas a hacer”, comentó con lágrimas en los ojos.
Exteriorizó que nunca perdió la fe. Todos los días buscaba la protección de Dios. ¿Delirio o realidad?
“Todos los días rezaba mi rosario, una vez le dije a Dios ‘estoy dispuesto a morir por todo el mundo, como lo hizo tu hijo Jesús, para que desaparezca esta enfermedad”, comentó conmovido.
Y agregó: “Comencé a oler a rosas, yo siempre había criticado a los que me decían que habían visto a la Virgen de Guadalupe. ¡Yo ese día la vi!... Mis padres se sorprendieron con eso”.
En la siguiente cita con el médico le dijeron que estaba mejorando.
“Dios me dio la oportunidad de vivir”, dijo, “y yo se lo quise agradecer”.
Fue entonces que comenzó a trabajar como voluntario en Internacional AISD Empowerment, narrando sus vivencias personales y ayudando a adolescentes, jóvenes, y padres.
Informó que la entidad tiene registradas a cerca de mil 700 personas infectadas en la ciudad de El Paso. La mayor cantidad jóvenes de entre 15 y 24 años de edad. También que la cifra de mujeres afectadas se ha incrementado considerablemente.
Sias reflexiona que cifra similar de portadores del VIH existen en las calles de la ciudad sin aun ser diagnosticados. Que es importante realizar labores de prevención, en centros escolares y en las comunidades. Y que la comunidad se haga los análisis establecidos para detectar el virus.
“El conocer, nos hace libre para decidir”, acotó, “Por eso es que mi vida a cambiado mucho, mi pasión ahora es ayudar a los demás, ese fue mi compromiso con Dios, es importante que las familias sepan como manejar ‘situaciones’ embarazosas con sus hijos”.
En sus labores de conserjería ha trabajado con personas portadoras y enfermas con el SIDA que “en venganza, infectan a personas sanas”.
Con ellas ha hecho una fuerte labor de concientización para que “rectifiquen su modo de actuar” y reconozcan que “deben ser responsables de sus acciones ante la sociedad y ante Dios”.
Hoy, Lorenzo Sias toma solo cuatro tipos de medicamentos, (siete pastillas al día) ha tenido que cambiar su sistema de alimentación, puede hacer ejercicios físicos, se dedica ala meditación y da conferencias para personas enfermas y sanas, no solo en El Paso, también a nivel estatal y nacional.
Sabe que un día, tendrá que morir, pero “esa es una ley natural”. Se cuida para que el tiempo le alcance en servir a sus congéneres y alertarles de que cualquier persona puede padecer esta enfermedad porque como bien dijo: “el SIDA, no tiene rostro”.
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